Claudio Paolillo, Director Editorial de Semanario Búsqueda realiza presentación en Chile (Mar 2010)

El pasado 30 de Marzo la Cámara Chileno-Uruguaya de Comercio junto con la Sofofa organizaron una charla donde Claudio Paolillo, Director Editorial del Semanario Búsqueda, expuso ante empresarios chilenos y uruguayos acerca del "Uruguay bajo la conducción de José Mujica". A continuación encontrará el texto completo de la presentación.
Por Claudio Paolillo
Cuando el último domingo de noviembre del año 2009, el entonces senador José Mujica resultó electo presidente de la República, muchos uruguayos y extranjeros, dentro y fuera del Uruguay, se preguntaron –consciente o inconscientemente– qué le esperaría al país desde que el antiguo guerrillero tupamaro se colocara la banda presidencial el 1º de marzo del año siguiente.
Y era una pregunta lógica. ¿Por qué?
En primer lugar, porque el presidente Mujica no es un político cualquiera. Es un hombre que tuvo muy activa participación en el movimiento guerrillero que durante los años ’60 y ’70 decidió tomar las armas en Uruguay con el propósito de instalar en el país un régimen impuesto por los fusiles, inspirado en lo que los tupamaros llamaban “la liberación nacional y el socialismo”.
En segundo lugar, porque, aunque desde que salieron de prisión el presidente y quienes son hoy varios de sus principales lugartenientes en el ejercicio del poder resolvieron integrarse a la vida política democrático-republicana en Uruguay, cuando hace 40 años hacían política por medio de las armas luchaban a muerte contra el sistema en sí, sostenían que las libertades eran sólo “formales”, que las leyes eran “burguesas” y que todo debía ser derrumbado en nombre de la construcción de un “hombre nuevo”.
Pero en estos 30 días que han corrido desde que ejerce efectivamente la Presidencia del Uruguay, el propio Mujica se ha encargado, una y otra vez, de erradicar todas las dudas, todos los temores y todas las incertidumbres que su mera presencia suponía para muchas personas.
Consciente de la existencia de ese tipo de temores y dudas, y también del significado histórico que representa para el Uruguay que un tupamaro haya asumido legítimamente la Presidencia del país, Mujica ha construido en apenas cuatro semanas lo que yo llamo un “triángulo virtuoso”, destinado a despejar casi completamente esos temores y esas dudas.
Antes de eso, incluso, cuando ya había sido electo como futuro presidente pero faltaban tres meses para el inicio de su gobierno, Mujica hizo pública su idea de lo que su triunfo significaba.
Un periodista uruguayo, Gabriel Pereyra, lo entrevistó para un programa de televisión en la sencilla casa donde Mujica sigue viviendo, en una zona rural de Montevideo, y el entonces presidente electo empezó a tranquilizar a los intranquilos. Dijo que el pueblo había decidido “cambios ma non troppo” y que él mismo sentía que la ciudadanía había expresado, al elegirlo, que gobernara sin pasarse de la raya.
Tenemos aquí, entonces, a un presidente electo con un sentido de la ubicación bastante razonable.
Es más: durante los meses de la transición entre el gobierno de Tabaré Vázquez y el de Mujica, la nueva administración identificó problemas centrales de la sociedad uruguaya y formuló anuncios —en algún caso, sorpresivos— de transformaciones profundas en la dirección correcta. En cuanto a la necesidad de reformar el Estado, de hincarle el diente al sistema de enseñanza público, particularmente la educación media y superior, que padecen un estado deplorable en comparación con el Uruguay de hace 20 o 30 años, y de abandonar la blandura o la inacción en cuanto al combate a la delincuencia, que es una de las preocupaciones mayores actuales de los uruguayos.
En la entrevista con el periodista Pereyra, cuando Mujica ya había ganado y no tenía por qué cuidarse en lo que decía para evitar perder votantes, dijo que, al elegirlo a él, la gente optó por “seguir, en términos generales, una política de cambio ma non troppo, cambio pero no tanto”. Y que si bien “la sociedad uruguaya es conservadora pero no tanto”, “tampoco quiere aventuras que (la) comprometan demasiado ni cosas raras”.
No sé si es posible advertir desde el exterior la magnitud y profundidad de estas palabras. Porque tener consciencia —y afirmar públicamente— que la gente no quiere que se “pase de la raya” es una muestra de saludable recato por parte del presidente, quien, como ya dije, fue un ex guerrillero tupamaro que lo único que hacía en los años ‘60 y ‘70 era, justamente, “pasarse de la raya”.
También es una prueba de que Mujica es un buen lector de los mensajes electorales. Después de todo, él obtuvo en la primera vuelta de octubre una cantidad enorme de votos, pero más de la mitad de los uruguayos eligieron otras opciones. Luego, en el balotaje, consiguió las adhesiones suficientes como para ganarle al ex presidente Luis Alberto Lacalle, quien finalmente resultó ser un rival bastante flojo.
El propio Mujica reconoce que “la parte que perdió también pesa en la balanza” y “votó bien”. Se trata de más o menos el 50% de los ciudadanos y, por eso, el presidente cree, también saludablemente, que “hay que tenerla en cuenta” porque dio “su señal”.
Y nos dice que “en la alta política, quien no recoge las señales se expone a cometer errores muy gruesos”. Y se dice a sí mismo que “no hay que creerse el dueño de la pelota”. Imaginen por un minuto a Hugo Chávez, a cualquiera de los Kirchner, a Evo Morales, a Rafael Correa, a Daniel Ortega, a los hermanos Fidel y Raúl Castro, diciendo esta sola frase: “cuando esté en el poder, no hay que creerse el dueño de la pelota”.
Con distintas variantes, estos presidentes sí se creen los “dueños de la pelota”. Esta es una enorme diferencia a favor de la institucionalidad democrático-republicana en Uruguay, que incluye a todos los gobiernos democráticos anteriores al de Mujica que se sucedieron desde 1985, cuando terminó la dictadura militar: los tres del Partido Colorado, el único del Partido Nacional y el último del Frente Amplio.
Yo les hablaba acerca del “triángulo virtuoso”. El presidente Mujica comenzó a construir ese “triángulo virtuoso” el 10 de febrero, 20 días antes de asumir pero ya en condición de presidente electo, cuando le habló a 1.500 empresarios de la región –particularmente argentinos y uruguayos, aunque creo que también había chilenos y de otros países– en el hotel Conrad de Punta del Este.
Fue el primer vértice del “triángulo virtuoso”. Allí, el presidente Mujica aseguró, sin dejar lugar a ninguna duda, que su gobierno continuará aplicando una economía de mercado en el marco del sistema capitalista, con intervenciones del Estado para obras de infraestructura y, especialmente, para combatir el flagelo de la pobreza.
Como si fuera un agente turístico promotor del Uruguay, Mujica resaltó que si bien el país “no es una panacea” ni está “tocando el cielo con la mano, es un hermoso país para vivir, no sólo para invertir” y, ante los aplausos de los ex presidentes Julio María Sanguinetti (colorado) y Luis Alberto Lacalle (blanco), le recordó a su conspicuo auditorio del hotel Conrad que, en Uruguay, “un presidente, un futuro presidente o un ministro caminan por las calles tranquilamente. Y eso es un lujo que se da este país”.
Pero el mensaje principal, en esa ocasión, fue despejar toda duda que todavía persistiera para los agentes económicos y para los inversores.
Este es un breve pero elocuente tramo de ese discurso:
“Por eso necesitamos inversión. Sí. El lenguaje es muy claro, hay una continuidad precisa y no se pueden saltar etapas. Se necesita trabajo y cada vez más y mejor trabajo, mejor remunerado. Y eso tiene un previo: leyes claras intangibles, un análisis objetivo que propicie un clima para la inversión. Después la inversión y después el trabajo. Y no hay salto, no hay atajo. Quien esté peleando a favor, en todo lo posible, de suturar las penas que nos quedan en el fondo de la sociedad, tiene que cuidar un clima de inversión porque la riqueza es hija del trabajo y el trabajo necesita estabilidad e inversión. Por eso estamos acá. Y por eso, señores empresarios, les estamos pidiendo ¡apuesten al Uruguay y jueguen con el Uruguay! Y no lo decimos desinteresadamente. Lo decimos profundamente interesados. Porque no somos Mandrake. No podemos generar riqueza con decisiones legislativas. No. La riqueza es hija del circuito del trabajo. Pero estamos además en un país cuya característica negativa más penosa en este campo ha sido históricamente una bajísima tasa de inversión. ¿Cuáles son las razones? No importa. No-im-por-ta. Nos ha costado mucho emprender. Ser inversor no es tener plata. Es tener capacidad y coraje de riesgo, que es otra historia. ¡Hemos tenido mucha gente de plata, pero son rentistas o la sacan pa’ fuera! ¡No se la juegan! ¡Precisamos gente que se la juegue! No en una timba ciega. No. Esto no es una timba. Pero quien invierte sabe que corre ciertos riesgos, porque en la vida ‘seguro’ se suele morir en la sopa. La tarea del gobierno es aminorar en todo lo posible los márgenes de riesgo y ofrecer estabilidad. Pero es bueno que lo digamos nosotros, que somos una especie de gato montés vegetariano. Lo tenemos que decir nosotros. Porque esto lo dicen todos los economistas, pero no son muy creíbles los economistas. Lo tenemos que afirmar los políticos, que ponemos la caripela con la gente. Así. Entonces, queridos amigos, necesitamos un clima que rodee y que propicie alta inversión. El sueño, la utopía (es llegar a) 25 puntos (del PBI). Hemos andado arañando los 20, pero históricamente como país hemos sido un desastre. Hemos preferido sacarla para afuera, colocarla en un banco por ahí y no jugarla acá. Por lo que fuere. Eso es parte de una historia nacional. Hoy tenemos que convocar a todo lo nacional, en primer término. Jugala acá que no te la van a expropiar ni te van a doblar el lomo de impuestos. Porque cuanto más inversión y más crezca la economía, más aumenta la recaudación que necesitamos para fenomenales inversiones sociales. Pero si queremos recaudar aumentando los impuestos sobre la misma masa de riqueza, estamos fritos. Porque matamos la gallina de los huevos de oro. Así. Porque se la llevan”.
En esa reunión del Conrad, que provocó una especie de delirio entre varios de los más poderosos empresarios argentinos, el presidente insistió en su idea de que para que el Estado cuente con recursos económicos para encarar obras sociales y obras de infraestructura, se precisan “empresas que prosperen, que puedan pagar impuestos, que generen riqueza”. Y dijo: “si no, nos quedamos con sueños y con utopías”.
Incluso Mujica habló, en ese ámbito, de la revolución liberal. Dijo el presidente que “la revolución liberal no es un recetario económico” sino que “lo que trajo el liberalismo deberá ser conservado a lo largo de las edades, que es poder convivir con diferencias. Así nomás. ¡Semejante valor! Pero vaya que le costó a la humanidad descubrir esto”.
El segundo vértice del “triángulo virtuoso” fue su impecable discurso cuando prestó juramento de fidelidad constitucional ante la Asamblea General el 1º de marzo.
Vale la pena leer completa esa pieza oratoria, porque es el mojón fundamental del definitivo compromiso de Mujica y de los tupamaros con la institucionalidad democrático-republicana. Dijo entonces el presidente:
“Por mi parte, desearía que el título de ‘electo’ no desapareciera de mi vida de un día para otro. Tiene la virtud de recordarme a cada rato que soy presidente sólo por la voluntad de los electores. ‘Electo’ me advierte que no me distraiga y recuerde que estoy mandatado para la tarea. No en vano, el otro sobrenombre de los presidentes es ‘mandatario’. Primer mandatario, si se quiere, pero mandado por otros, no por sí mismo”.
No es poca cosa este compromiso. No sólo no se cree “el dueño de la pelota”, como vimos antes, sino que además asume y comprende cabalmente que, en las democracias republicanas, los presidentes son muy importantes pero no son reyes y que sus mandantes son los ciudadanos, los que los eligieron y los que participaron en la elección optando por otros candidatos, para que administraran sus asuntos por un período de tiempo previamente establecido.
El presidente Mujica formuló ese día, por otra parte, un fuerte llamado a la concertación entre partidos diferentes, a la tolerancia entre las opiniones distintas, a enterrar definitivamente las opciones extremas y a seguir el ejemplo de los países que prosperan, donde, dijo, hay “poca épica, pocos héroes y pocos villanos”. “Hace rato que todos aprendimos que las batallas por el todo o nada son el mejor camino para que nada cambie y para que todo se estanque. Queremos una vida política orientada a la concertación y a la suma, porque de verdad queremos transformar la realidad. De verdad queremos terminar con la indigencia. De verdad queremos que la gente tenga trabajo. De verdad queremos seguridad para la vida cotidiana. De verdad queremos salud y previsión social bien humanas. Nada de esto se consigue a los gritos. Basta mirar a los países que están adelante en estas materias y se verá que la mayor parte de ellos tienen una vida política serena. Con poca épica, pocos héroes y pocos villanos”.
Hay algo bien interesante en esta alocución de Mujica, la primera y la más importante que ha hecho hasta ahora como presidente de los uruguayos. Es el reconocimiento a la transitoriedad de los gobiernos y de los gobernantes. Es la asunción de que aquéllos que se dedican a la política hoy están en el primer plano y mañana quizá la ciudadanía los aparta a planos secundarios. Y que eso es la normalidad de la democracia. Que lo anormal es la continuidad eterna de los gobernantes en el poder. Y, en definitiva, que la soberanía y la legitimidad en el poder pertenece exclusivamente al pueblo que vota. Al pueblo, que es el único que puede poner y sacar gobernantes.
Es, si me permiten, una proclamación de fe republicana sin ambages, lo cual resalta como algo aún más trascendente (y, para muchos, sorprendente) proviniendo de alguien que en el pasado decididamente no creía en estas cosas. Y, también, resulta trascendente que lo diga un presidente de izquierda, en una región donde hay gobiernos que se autodefinen “de izquierda” y cuyos líderes creen ser los únicos capaces de conducir a la nación, haciéndose reelegir una vez y otra vez con ese propósito.
Pero dejemos hablar nuevamente al presidente.
“Con el Frente Amplio en el gobierno, el país ha completado un ciclo. Ahora todos sabemos que los ciudadanos no le extienden cheques en blanco a ningún partido, y que los votos hay que ganárselos una y otra vez en buena ley. Los ciudadanos nos han advertido a todos que ya no son incondicionales de ningún partido, que evalúan y auditan las gestiones, que los que hoy son protagonistas principales, mañana pueden convertirse en actores secundarios. Después de 100 años, al fin, ya no hay partidos predestinados a ganar y partidos predestinados a perder. Esa fue la dura lección que los lemas tradicionales recibieron en los últimos años. El país les advirtió que no eran tan diferentes entre sí como pretendían, que sus prácticas y estilos se parecían demasiado y que se necesitaban nuevos jugadores para que el sistema recuperara una saludable tensión competitiva. Por su parte, el Frente Amplio, eterno desafiante y ahora transitorio campeón, tuvo que aceptar duras lecciones, no ya de los votantes, sino de la realidad. Descubrimos que gobernar era bastante más difícil de lo que pensábamos, que los recursos fiscales son finitos y las demandas sociales infinitas, que la burocracia tiene vida propia, que la macroeconomía tiene reglas ingratas, pero obligatorias. Y hasta tuvimos que aprender, con mucho dolor y con vergüenza, que no toda nuestra gente era inmune a la corrupción”.
En esa ceremonia del 1º de marzo, el presidente Mujica continuó con su infatigable tarea de confirmar que él cambió, que ya no venera sus viejos métodos violentos y que, en todo caso, sigue peleando por causas similares a las que le llevaron a empuñar las armas en el pasado –particularmente, la lucha por una sociedad más equitativa– pero que ahora, para conseguir el mismo objetivo, es preciso recorrer caminos completamente diferentes.
Así, ante todos los parlamentarios, ante la ciudadanía y ante todos los agentes económicos, asumió el siguiente compromiso: “Vamos a darle al país cinco años más de manejo profesional de la economía, para que la gente pueda trabajar tranquila e invertir tranquila. Una macroeconomía prolija es un pre-requisito para todo lo demás. Seremos serios en la administración del gasto, serios en el manejo de los déficit, serios en la política monetaria y más que serios, perros, en la vigilancia del sistema financiero. Permítanme decirlo de una manera provocativa: Vamos a ser ortodoxos en la macroeconomía. Lo que vamos a compensar largamente, siendo heterodoxos, innovadores y atrevidos, en otros aspectos. En particular, vamos a tener un Estado activo, en el estímulo a lo que hemos llamado, ‘el país agro-inteligente’.
Ahora, ¿en qué consiste la “heterodoxia” que anunció el presidente en esa oportunidad? Entre algunos de los que escuchaban el discurso en ese momento debe haberse encendido un alerta amarilla. “¿Otra vez con inventos? ¿Otra vez con ‘soluciones creativas’ sin financiamiento genuino, empleando dinero del Estado para actividades improductivas?”, pudieron haberse preguntado los escépticos.
Pero, como si los estuviera oyendo o, mejor, como si los estuviera previendo, una vez más el presidente aventó cualquier inquietud. Nada de “sustitución de importaciones” ni de emprendimientos que no puedan subsistir por sí mismos.
“No vamos a inventar nada; vamos con humildad detrás del ejemplo de otros países pequeños, como Nueva Zelanda o Dinamarca. Si el país fuera una ecuación, diría que la fórmula a intentar es: agro más inteligencia, más turismo, más logística regional. Y punto. Esta es nuestra gran ilusión. A mi juicio, la única gran ilusión disponible para el país. Por eso, no vamos a esperar de brazos cruzados que nos la traiga el destino o el mercado. Vamos a salir a buscarla con decisión. Pero también con seriedad, apoyando sólo aquellas actividades, que una vez maduras, tengan verdadera chance de subsistir por sí mismas. No queremos repetir errores del pasado. En particular no queremos que nos vuelva a pasar lo que ocurrió entre los años ‘50 y ‘70, cuando la sociedad desperdició enormes recursos en la quimera de industrias imposibles. Ya una vez quisimos ser autárquicos y producirlo todo fronteras adentro. Nos fue mal, bastante mal. Sería criminal no aprender de aquellos dolores y volver a una economía enjaulada y cerrada al mundo. Somos muy pequeños”.
El presidente dijo hace 30 días, y lo repite cada vez que puede, que es impostergable “una revisión profunda” del Estado uruguayo, que puede ser más eficiente y más barato. Mujica cree que la sociedad uruguaya “ha sido benévola con algunos de sus servidores públicos y casi cruel con otros”, permitiendo que “funciones sencillas, que no requieren esfuerzo ni preparación, se paguen en algunas oficinas diez veces más de lo que recibe quien realiza un trabajo imprescindible y duro, como un policía o un maestro rural”. Y observó: “Cuando estas asimetrías duran un tiempo, pueden considerarse errores o desaciertos. Cuando duran décadas, más bien parecen ser manifestaciones de una sociedad que se va volviendo cínica”.
Del mismo modo, el presidente criticó el hecho de que la sociedad uruguaya ha estado protegiendo a sus servidores públicos “mucho más que a sus trabajadores privados” y recordó que durante la crisis económico-financiera del año 2002, que estuvo a punto de hundir al Uruguay, casi 200.000 personas perdieron su trabajo y ninguna fue un funcionario público. Otras 200.000 sufrieron rebajas en sus salarios y todos fueron trabajadores privados.
Hay un mail humorístico que circula en estos días en el Uruguay a propósito de este tema. Las cifras que se manejan en este correo humorístico están exageradas. No hay 900.000 jubilados y pensionistas, sino 700.000. No hay 400.000 empleados públicos, sino 260.000. Y hay otros números incorrectos.
Pero, en realidad, el gran cuadro se asemeja a ese chiste. Los trabajadores ocupados en Uruguay, un país de 3:300.000 habitantes y con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, son 1:500.000. De ellos, 260.000 son empleados públicos. Además, el Estado sirve 700.000 jubilaciones y pensiones. Quiere decir que el Estado paga casi 1:000.000 de “sueldos” por mes. Si a los 1:500.000 de trabajadores restamos los 260.000 funcionarios estatales, nos quedan 1:240.000 trabajadores privados. O sea, la relación de “sueldos” pagados por el Estado y la de aquellos que pagan empresas privadas es de casi uno a uno. Algo absolutamente insostenible en el tiempo, sobre todo cuando el Uruguay es uno de los países más envejecidos de la región y lo seguirá siendo. Esto es, cada vez habrá más viejos a quienes pagar sus retiros y cada vez menos activos para solventar ese gasto.
El gobierno del presidente Mujica ha proclamado públicamente que es consciente de esta situación y por eso ha anunciado como una de sus principales prioridades reformar el Estado.
De aquel “triángulo virtuoso” del que vengo hablando hace un rato, ya tenemos dos vértices: 1) respeto por la economía de mercado e intervención del Estado para combatir la pobreza; 2) vigencia del sistema democrático-republicano. Nos falta el tercer vértice.
En el caso de cualquier otro presidente, este tercer vértice no sería necesario. Pero, tratándose de un individuo que se enfrentó a tiros con las Fuerzas Armadas y fue encarcelado por éstas durante 14 años en condiciones muchas veces infrahumanas, la incógnita que seguía era, precisamente, qué haría un tupamaro como jefe supremo de la institución militar.
Hace 14 días, el 16 de marzo, el presidente Mujica convocó en una unidad militar del interior uruguayo a los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas y a otros 350 altos mandos militares. Todos estábamos pendientes de lo que podría decirles. Había espacio para la revancha y había espacio para la reconciliación. El presidente optó por esta última opción, la de la reconciliación, e invitó a las Fuerzas Armadas a que le ayudaran a combatir la pobreza para que uruguayos con pasados distintos y hasta encarnizadamente opuestos, se unieran en un “proceso superador”, en una “causa común”. Y se llamó a sí mismo y a los jefes militares a mirar para adelante.
“Desde el año 1985 sentimos gente que –con razón o sin ella– reclama que hay que dar vuelta la página y, al mismo tiempo, gente de nuestro pueblo, tan válida como la otra, que grita por justicia –también con razón o sin ella-. Unos y otros son parte de nuestro pueblo. Yo no juzgo. No soy juez, soy presidente. Constato. No me eligieron para juez. Y esto lo veo en todas las sociedades que se han desgarrado con conflictos duros. Y lo veo por todo el mundo. Soldados, allí está España, escudriñando huesos a décadas de su guerra civil. He proseado con parte del pueblo chileno, de pueblo, de pueblo común y corriente, con manifiesto odio para con el pueblo y desprecio para con el pueblo boliviano y viceversa. Coletazos de la guerra del Pacifico, hasta hoy. Podría seguir poniendo ejemplos del mundo, porque al parecer la condición humana es así. No estoy juzgando, repito, estoy constatando. Las guerras generan llagas permanentes, que sólo puede suturar la alta política. La alta política, que es, en este terreno, el arte de persuadir, sublimando el dolor en causas comunes que nos identifiquen, construyendo, desde luego, caminos comunes. El camino que les vengo a proponer, al fin de cuentas, ya lo ensayó este país. ¿Qué fue nuestra historia nacional de conflictos de blancos y colorados? Décadas de tensión y de guerra terminaron cuando tuvieron la inteligencia de construir ciudadanía en común. ¿Qué pasó en Europa con el conflicto eterno de Francia y Alemania? Sólo terminó cuando encontraron el camino común, de una construcción común: la lucha por la unidad de Europa. ¿Qué pasó en Sudáfrica, desgarrada por el racismo? ¿Cuál es el triunfo de Mandela? El haber logrado un camino común de convivencia para blancos y negros. Sin embargo, estos logros de alta política no han podido aparecer por desgracia en Colombia, no han podido aparecer en Palestina. Yo no veo otro camino, soldados, que encontrar causas comunes como nación que nos identifiquen en construcciones comunes, participar en procesos superadores, juntando pasados distintos a los que no se les impone ni renuncia ni olvidos. Respetar lo diferente, pero ser capaces de construir: construir cosas que se terminen priorizando en hechos del porvenir. No vivir con razones del pasado, vivir con razones del porvenir”.
Entonces, el “triángulo virtuoso” construido por el presidente Mujica se completa: 1) economía de mercado con intervención estatal para combatir la pobreza; 2) vigencia de la democracia republicana; 3) reconciliación con las Fuerzas Armadas.
De hecho, el jueves pasado, en una extensa entrevista que concedió a dos periodistas de Búsqueda, el presidente anunció que enviará al Parlamento un proyecto de ley para habilitar a los jueces a que liberen de las cárceles a las personas mayores a 70 años de edad, incluyendo a aquellos militares que fueron procesados durante el gobierno de Tabaré Vázquez por violaciones a los derechos humanos.
Durante estos primeros 30 días del gobierno del presidente Mujica, y luego de la fenomenal crisis económico-financiera mundial disparada en 2008, las agujas económicas no se han movido. El riesgo país estaba la semana pasada en 168 puntos básicos, la inflación se mantiene bajo control (6,9%), los activos de reservas en el Banco Central del Uruguay superan los U$S 8.000 millones (una cifra récord para el país), el crecimiento del PBI se aceleró en el último trimestre del 2009 (fue de 4,5%), el año finalizó con un aumento de 2,9% (7,5% en 2005, 4,3% en 2006, 7,5% en 2007 y 8,5% en 2008) y las previsiones de consultores privados son de 4,6% para 2010, el PBI per cápita ascendió a U$S 9.410 en 2009, el PBI total fue U$S 31.500 millones en 2009, el déficit fiscal está en 1,8%, el desempleo está en 6,3%, los salarios reales aumentaron notablemente durante todo el gobierno de Vázquez (4,6% en 2005, 4,4% en 2006, 4,8% en 2007, 3,5% en 2008 y 7,3% en 2009), a febrero los depósitos bancarios sumaban casi U$S 15.800 millones (88% más que los U$S 8.400 millones con los que asumió Tabaré Vázquez en marzo de 2005), los bonos uruguayos están cotizando, en promedio, al 116% (eso equivale a una rentabilidad de 6% anual), la deuda bruta total (interna y externa) del sector público asciende a U$S 16.500 millones, el tipo de cambio se mantiene estable en el entorno de los 19 y 20 pesos uruguayos por dólar, a raíz de lo cual la competitividad uruguaya cae frente a sus socios más importantes pero, a la vez, los commodities que vende Uruguay se valorizan. Además, hay una decisión del propio Mujica de recortar los gastos del Estado y cuidar las cuentas públicas, especialmente teniendo en cuenta los vencimientos de deuda que el Uruguay deberá afrontar estos cinco años:
U$S 1.987 millones (2010)
U$S 2.188 millones (2011)
U$S 1.698 millones (2012)
U$S 1.584 millones (2013)
U$S 1.432 millones (2014)
U$S 1.490 millones (2015)
¿Qué se puede esperar para un futuro próximo, vistos ya los primeros 30 días del gobierno del presidente José Mujica?
Se puede esperar la continuidad de las políticas económicas que antes dirigía el actual vicepresidente, Danilo Astori, y que ahora orienta el ministro Fernando Lorenzo, uno de los miembros del equipo de Astori.
Se pueden esperar permanentes medidas de austeridad en el gasto ordenadas por el presidente Mujica, quien está obsesionado con ese tema (él ha dicho que “es necesario aplicar una ética descarnada a los que están arriba. Esto es un operativo imprescindible y de emergencia, porque la gente tiene que creer en algo, aunque sea para putearlo”).
Se pueden esperar batallas muy difíciles para el presidente, pero no tanto con los integrantes de la oposición, sino con algunos miembros de su propia fuerza política. Mujica ha hablado de meterle el diente a un Estado que asfixia a los ciudadanos con sus impuestos y su ineficacia (posibles conflictos con los sindicatos públicos), ha hablado de entrarle a la ineficiente Universidad estatal (posible conflicto con la corporación universitaria) y al deficitario nivel de la enseñanza media (posibles conflictos con los sindicatos de maestros y profesores), de aplicar “más represión” contra la delincuencia común “que impide que trabajadores y comerciantes usen el fruto de su trabajo” (posibles conflictos con sectores del oficialismo), de poner en práctica una política “de impacto” para combatir el dramático y relativamente nuevo problema para Uruguay que representan los consumidores de “pasta base”, una droga que mata a sus adictos, quienes muchas veces pierden la cabeza y contribuyen a aumentar la violencia social. Mujica dijo el jueves pasado en Búsqueda: “A los adictos hay que sacarlos del medio ambiente, tenerlos un poco aislados y que se cansen. Se les puede dar instrucción militar” (posibles conflictos con sectores del oficialismo) y de promover una reconciliación definitiva con las Fuerzas Armadas (conflicto ya planteado con sectores del oficialismo).
De hecho, la semana pasada, el politólogo Adolfo Garcé, el primero que predijo hace más de dos años que Mujica sería el próximo presidente del Uruguay, declaró que “Mujica está despegándose muy rápidamente del partido que lo llevó a la Presidencia. Está privilegiando el rol del presidente de todos. Esa es una tensión muy delicada porque el presidente se debe primero a sus propios electores. Si sigue así, va a tener conflictos con el Frente Amplio”.
Esta es la descripción que puedo hacerles de la actualidad y el futuro más o menos previsible del gobierno del presidente José Mujica.
Como probablemente ya sepan, Búsqueda es una publicación que aplica una política informativa independiente y tiene una orientación editorial liberal. Ni Búsqueda ni yo precisamos adular a los gobiernos, como no lo hemos hecho durante las cuatro décadas de existencia del periódico. Ni los gobiernos, en particular el actual del presidente Mujica, precisan que Búsqueda o quien habla le adulemos.
Simplemente, en esta presentación me limité a describir la realidad tal como la hemos percibido hasta ahora.
Ya sé que por ahora hay más palabras que hechos, pero era difícil que fuera de otra manera cuando corren apenas 30 días del nuevo gobierno.
Y, a pesar de que como periodista mantengo siempre viva una dosis de escepticismo que no me permite asegurar nada definitivamente (nadie sabe qué nos deparará el futuro), en mi opinión personal, las muchas palabras y los pocos hechos de estos primeros 30 días son extremadamente interesantes y mucho más auspiciosos que lo que esperaban la mayoría de los analistas.
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